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lunes, 13 de octubre de 2014

LIBROS A BORDO

Hace exactamente veinte años que navego con una biblioteca a bordo. Porque una biblioteca personal, como saben ustedes, no es un lugar donde se colocan libros, sino un territorio en el que uno vive rodeado de inmediatez y de posibilidades. Hay libros que están ahí, sin leerse todavía, aguardando pacientes su momento, y otros que ya leíste y a cuyas páginas conocidas retornas en busca de memoria, de utilidad, incluso de consuelo. A medida que envejeces, el número de esa segunda clase de libros los viejos amigos y conocidos, aumenta respecto a los que aguardan su turno; aunque siempre existe la melancólica certeza de que, por mucho que vivas, nunca acabarás de leerlos todos; que la vida tiene límites, que siempre habrá libros de los que te acompañan que apenas abrirás nunca, y que un día, tanto ellos como los ya leídos caerán en manos de otros lectores: amueblarán otras vidas. Parece algo triste, pero en realidad no lo es. Porque tales son las reglas. En cierto modo, más que una vida de lecturas, una biblioteca es un proyecto de vida que nunca llegará a culminarse del todo. Eso es lo triste, y lo fascinante. 
Un velero no siempre deja tiempo para la lectura. A menudo estás atento a la maniobra, al estado de la mar, a la recha en el horizonte, al tráfico de los malditos mercantes que te vienen encima. Pero siempre hay ratos de calma: días tranquilos con marejadilla y quince nudos de viento, con todo el trapo arriba, o fondeos apacibles en lugares sin algas, donde cuarenta metros de cadena permiten dormir algo más tranquilo. Ahí es donde los libros se vuelven compañía perfecta, al sol o a la sombra en verano, abajo en la camareta en invierno, a veces de noche, a la luz de una lámpara, mientras arriba, en la bañera, alguien te revela cuatro horas en la guardia y oyes el vago rumor del canal 16 en la radio.
Durante mucho tiempo, a bordo sólo llevé libros sobre el mar. Es una vieja costumbre. Quizá porque he leído demasiados de ellos, hace un par de años empecé a admitir polizones terrícolas en la biblioteca marinera, donde antes estaban proscritos. Aún así, éstos siguen siendo pocos, y por lo general se relacionan con la novela que estoy escribiendo en cada momento. Lo seguro es que vuelvo una y otra vez a los de siempre, los marinos, releyéndolos a menudo. Hace poco dediqué una temporada a calzarme por enésima vez todas las novelas de Joseph Conrad que tienen el mar y a los marinos como protagonistas, empezando por la Línea de sombra y acabando por el ejemplar de El espejo de mar traducido por Javier Marías que siempre llevo a bordo. En realidad la biblioteca del barco se reparte en tres zonas. Bajo la mesa de la camareta llevo los derroteros y los libros de señales, faros y mareas, y en las estanterías sobre la entrada al motor van los libros técnicos e históricos, incluidos los dos derroteros de Tofiño -son asombrosos cómo aún son útiles para un velero, dos siglos y medio después- y también, lleno de subrayados y notas, el sobado e imprescindible Navegación con mal tiempo, de Adlard Coles. Con ellos, entre otros, el Diccionario marítimo de O´Scanlan, dos obras de Fernández de Navarrete en las que me sumerjo gozoso de ven en cuando (Historia de la Náutica y los cinco magníficos volúmenes de Viajes y descubrimiento de los españoles) y varios cla´sicos lomos amarillos de Editorial Juventud, entre ellos mis dos favoritos, que también lo fueron de mi padre: Corsarios alemanes en la Primera Guerra Mundial y Corsarios alemanes en la Segunda Guerra Mundial.


"Una biblioteca es un proyecto de vida que nunca llegará a culminarse del todo. Eso es lo triste, y lo fascinante"

Los libros que más se renuevan a bordo son los de la tercera zona, correspondiente a novelas y toros libros de ficción que ocupan estantes y armarios en la camareta. Por ahí han pasado, y regresan de vez en cuando, los 20 volúmenes de la serie Capitán de mar y guerra, de Patrick O´Brian, así como los de Alexander Kent y C. S. Forester -los de la serie Ramage de Dudley Pope, sólo disfrutables por anglosajones cretinos aficionados al tópico, los arrojé hace años por la borda-. También, por supuesto, con amarre fijo en un estante, Moby Dick, de Melville, y la trilogía de Nordhoff y Hall sobre la Bounty. A eso hay que añadir la soberbia novela El cazador de barcos, de Justin Scott, La cacería, del gran Alejandro Paternain, El enigma de las arenas, de R. E. Childers -una de las más hermosas novelas sobre mar y espionaje que leí nunca-, y la obra maestra sobre la batalla del Atlántico: Mar Cruel, de Nicholas Monsarrat. Cuya magnífica película, aunque sólo puede encontrarse en inglés, regalo a mis amigos cada vez que me la tropiezo.
Libros y mar en resumen. Memoria, aventura, navegación. Y la tierra, bien lejos. Les aseguro que no puedo imaginar una combinación más feliz. Situación más perfecta.



lunes, 10 de febrero de 2014

¿SOMOS UNA VERSIÓN RAQUÍTICA DE LO QUE PODRÍAMOS SER?

"Saber ayudar a los niños con amor significa hacer de ellos personajes con creatividad, responsabilidad, empatía y competencia social. Y de esos niños surgirán grandes talentos"

El célebre violonchelista Pablo Casals afirmaba que cada segundo que vivimos es como un instante que nunca volverá a repetirse. Y añadía: "¿Qué enseñamos a nuestros hijos? Les decimos que dos y dos son cuatro y que París es la capital de Francia. ¿Cuándo vamos a enseñarle que son un milagro irrepetible? De ti podría surgir un Shakespeare, un Miguel Ángel o un Beethoven. Tienes la capacidad para ello, pero también para lastimar a otros niños que son un milagro como tú. Hemos de esforzarnos para que el mundo trate a los niños dignamente".


Todos tenemos una capacidad de desarrollo enorme. Pero fácilmente podemos caer en la trampa de conformarnos con ser una visión raquítica de aquello que podríamos ser. Los niños, al nacer, disponen de una alegría inherente, la de poder descubrir constantemente cosas nuevas; la curiosidad juega aquí un papel importante. Albert Einstein, cuando era un escolar suspendía varias asignaturas, pero tenía una curiosidad pasional por el mundo. Los niños poseen, además, la capacidad de disfrutar con actividades que les permiten ser artífices de cosas que ellos mismos van configurando y moldeando. A la edad de tres o cuatro años son capaces de entusiasmarse más de treinta veces al día. La palabra entusiasmo procede del griego "enthousiasmós" y significa estar impregnado de Dios. Estar tan lleno de alegría que la fuerza creativa tiende a desbordarse. Algo así como la corteza de un árbol que se resquebraja para que sus ramas se llenen de flores al recibir la sabia del entusiasmo.
¿Por qué el entusiasmo? Los conocimientos de la Neurobiología nos dicen que existe una permeabilidad recíproca entre el cerebro y los centros emocionales. Cuando nos sentimos golpeados por experiencias vitales, los centros emocionales son activados, dando lugar a una situación que puede ser comparada con la de una regadera de la que sale un fertilizante que abona el cerebro. Si no nos llega adentro, al cabo de poco tiempo nos olvidaremos de lo que hemos aprendido.
Imagínese que lográsemos observar el desarrollo del cerebro de un niño. No saldríamos de nuestro asombro al contemplar cómo se van formando millones de neuronas. Pero poco después también seríamos testigos de la muerte de una buena parte de estas y sus correspondientes enlaces por no haber conseguido integrarse en una red en la que hubiesen adquirido una función específica. Los niños se ilusionan con todo aquello que van descubriendo.
Por otra parte, también podríamos afirmar que si activamos los centros emocionales de los niños castigándolos o premiándolos, es decir utilizando las normas usuales del adiestramiento, fácilmente se supeditarían a las medidas del premio o castigo. Pero a estos niños los estaríamos incapacitando para llevar a cabo grandes tareas por suprimirles su motor interno, el que actúa desde dentro, el que nos hace querer las cosas de verdad y no solo desde fuera, únicamente porque tras la acción espera un premio o un castigo. Para que se produzca una buena estabilización de los enlaces sinápticos, sobre todo en el lóbulo frontal del cerebro, el niño tiene que ir aprendiendo a través de experiencias propias cuando se trata de resolver problemas o dominar desafíos. Es aquí precisamente donde los profesores han de poner en práctica todo su genio para saber invitar, animar e inspirar a los niños. 
Si un niño ha construido una fortificación de madera es lógico que quiera ser reconocido por semejante habilidad. Pero si nadie se interesa por esa construcción, y eso no solo una vez sino varias, la experiencia de edificar castillos que inicialmente estaba unida a la de hacer tareas con entusiasmo, pronto se tornará en frustración. ¡Cuánta sabiduría pedagógica se alberga en aquellos padres que se sientan durante los juegos del hijo o la hija para disfrutar con ellos, situándose a su misma altura y dejando que tomen siempre la iniciativa, acompañándolos para que vayan desarrollando de ese modo sus talentos escondidos!


El cerebro está optimizado para resolver problemas. Con tal motivo los niños buscan siempre nuevos desafíos que contribuirán a su buen desarrollo. Es de gran ayuda para ellos que se involucren en asuntos importantes que les hagan actuar con responsabilidad. De este modo los niños se darán cuenta del enriquecimiento que les supone vivir con disciplina y competencia social. Hoy en día, cuando un alumno que ha sacado buenas notas durante el bachillerato alemán pretende obtener una beca mejor dotada ya no se tienen en cuenta solo sus calificaciones, sino actividades tales como haber trabajado en una residencia de la tercera edad o en un Kindergarten con los niños.
La emergencia educativa requiere amar de verdad y no solo un mero cumplimiento de normas. 


(Artículo "¿Somos una versión raquítica de lo que podríamos ser?", de Alfred Sonnenfeld, Doctor en Medicina y Teología. Catedrático de la Unir)