viernes, 25 de septiembre de 2026

La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante

Pero no es de la vida negativa que quiero escribir (aunque introducirá su metafísica en mi felicidad más de una vez), sino de la poca vida positiva que contuvieron esos años de mi adolescencia, comenzada con el ascenso de una escalera de mármol impoluto, de arquitectura en voluta y baranda barroca

(La Habana para un infante difunto, pág. 14) 


Título original: La Habana para un infante difunto

Autor: Guillermo Cabrera Infante

Editorial: Alfaguara

Traducción: Original en español

Año de publicación: 1979

Nº de páginas: 510

Valoración: Prescindible

 

 

 

En primer lugar quiero decir para no llevar a engaño y dejar claro que este no es un libro fácil de leer. Cuesta mucho entrar en la historia y una vez dentro, la cantidad de aportes culturales, populares, juegos de palabras, etc que emplea el autor en cada párrafo lo hace todavía más denso y farragoso. Lleno de ingenio y dominio de la lengua, sí, pero muy difícil de seguir. Se trata de una autobiografía a medias, con escenas inventadas mezcladas con otras verdaderas que describen la vida del autor en La Habana desde su niñez hasta su adolescencia y despertar sexual. Las historias de conquistas amorosas ocupan buena parte de la narración y están llenas de referencias externas que, aunque nos dan una visión amplia de La Habana, sus costumbres, sesgos, morfología, y vida, complican mucho la lectura. Algún capítulo resulta más llevadero que otros, pues la narración es más ágil, la historia más cautivadora o, al menos, más lineal y no muy enrevesada. Cierto es también que la longitud de los capítulos es diversa, desde alguno con unas pocas páginas hasta otros con más de cien.

Como mérito indudable del libro está la visión profunda que ofrece sobre la vida en La Habana a partir de los años 40, en plena niñez del autor. En ese momento se traslada desde una provincia cubana rural y retrasada, hasta el colorido y la modernidad de la capital cubana. Una ciudad que despertaba a los placeres de occidente: cines, pubs, discotecas, centros culturales,...Paseamos por La Habana vieja y pobre, por los barrios más acomodados y por los cines, teatros y bares que poblaron la ciudad durante muchas décadas. Aunque pobre y sin muchos recursos, el autor y su familia siempre mostraron un gran interés por la vida cultural de la ciudad. Su madre con una sólida formación cultural y ama de casa y su padre periodista aunque con un sueldo mísero. Cuando podían permitírselo no dejaban de asistir a cines o conciertos, dos de las grandes pasiones del protagonista junto con las mujeres y el sexo.


En algunos momentos la narración me ha recordado esa mezcla de realidad y fantasía tan habitual en muchos escritores latinos. Esos mundos imaginarios tan de la narración latinoamericana. Durante muchas años el libro estuvo prohibido en Cuba y, paradójicamente, fue el libro más leído durante varias décadas. Está claro que no hay nada como prohibir para despertar la curiosidad de la gente.  Aún así me reitero en que es un libro difícil que no deja a La Habana en muy buen lugar, pues además de sus virtudes también están presentes sus miserias y las miserias de la difícil vida de sus habitantes.

 

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