Si después de leer Estambul, ciudad y recuerdos, me recorrió un deseo enorme de visitar Estambul, con esa magnífica descripción, no sólo de sus calles y sitios más emblemáticos, sino también de sus gentes, costumbres, tradiciones e historia, creo que el anuncio de la publicación por Mondadori para octubre de la nueva novela de Orhan Pamuk, El museo de la inocencia, no hará sino acrecentar ese deseo de visitar la mítica ciudad turca. Y ahora ya no hay excusa. Hay que ir. Por tanto es la mejor noticia que se podía esperar de este arquitecto frustrado y afortunadamente reconvertido en narrador de historias sobre su fascinante país.
Eso si, después de la experiencia de Ana Belén en La pasión turca, creo que el viaje lo haré sólo y no me acompañará mi mujer.
Pero aún hay más buenas noticias. Ese espíritu de arquitecto frustrado del autor, constante en muchos pasajes de su obra, nos depara un motivo todavía más inexcusable para visitar Estambul. Y este motivo es el museo de la inocencia real. El museo se abrirá en dos años, según prevé el novelista turco, y estará situado en una zona de viejas mansiones y anticuarios en la parte europea de Estambul y uno de los lugares donde transcurre la novela y también la última película del director germano-turco Fatih Akin, Al otro lado (2007).
"Será un museo para los jóvenes que no pueden besarse", afirmó Pamuk en referencia a la prohibición en los museos turcos de besarse o comer chicle, dos actos que, según el autor, estarán permitidos en su futuro museo.
En el museo se recogerán pequeños objetos y fetiches que el autor ha ido recogiendo por todo el mundo y que le han permitido inspirarse sobre la personalidad de los dueños de esos objetos. Con estos personajes ha configurado su nueva novela. Ahora sólo nos queda esperar, por la obra y por el museo.
Me gustan las carreras pedestres, las carreras de bicis, las de coches (sólo desde que está Fernando Alonso, antes no había visto ni una), las carreras de motos, en especial las de moto GP (siempre ha habido pilotos españoles que nos mantenían atentos a la pantalla, somos muy de los de casa los españoles) y, en general, me gustan todas las carreras en las que se compite, sin embargo nunca me han interesado las carreras de caballos. Me ha parecido siempre un deporte elitista de gente pija adinerada y sin mucho de interés en sus cabezas o de mafiosos estorsionistas que buscan sacar dinero fácil con las apuestas.
Tal vez sea una visión muy limitada, pero aparte de lo que haya podido leer sobre el tema, mi única experiencia real en un hipódromo se remonta a principios de los 90 en una visita organizada (y obligatoria) en un programa de estudios en Brighton. Como todo lo que se ve por primera vez, me resultó curioso y entretenido, recuerdo los gorritos horteras de las inglesas, los chiringuitos estrafalarios de las apuestas con sombrillas para cubrirse de un sol que a los de aquí casi nos daba risa y caballos y jockeys, los verdaderos protagonistas y esforzados competidores. Pero a partir de ahí, no volví a ver una carrera ni por la tele.
Pues si después de esta introducción decimos que el último Premio Planeta de Fernando Savater, "La Hermandad de la Buena Suerte" tiene a la hípica y todo lo que la rodea, es decir, el turf, como hilo conductor, pues no parece que sea el argumento que más llame la atención de los lectores.
Ahora bien, Premio Planeta 2008 y, sobre todo, Fernando Savater, pueden hacer interesante cualquier propuesta literaria por descabellada que parezca. Si, además, nos adentramos en la novela, veremos que hay mafiosos de alto calado, matones a sueldo de medio y corto pelo, intereses y rencillas por ganar una carrera de caballos, gentes de lo más variopintas con personalidades y peculiaridades de los más dispares,... y todas ellas unidas por la buena o la mala suerte. Convendrán conmigo que esto ya no lo parece, sino que esto ya sí es interesante.
Por lo que a este comentario respecta no revelaré nada más. Ya saben, para más información lean el libro, no se arrepentirán y tal vez le pique el gusanillo cuando tengan la oportunidad de asistir y disfrutar de una verdadera carrera de caballos.
Que la suerte esquiva nos sonría a todos al menos de vez en cuando.
En algún lugar, hace mucho tiempo, leí una interesante y bien fundada comparación entre Julio Verne y Alberto Vázquez-Figueroa. Se comentaba de este último que era el moderno escritor de aventuras, visionario y de gran poder de convicción. Hasta este momento y hasta este libro, "Los ojos del tuareg", nada había leído de este autor, aunque de esa comparación yo añadiría una faceta de Vázquez-Figueroa que me ha llamado la atención, y es la denuncia, la defensa del débil y, concretamente en este libro, la defensa de África y de sus pobladores. Cuando se publicó este libro, allá por el año 2000, el rallie París-Dakar se encontraba en pleno apogeo, movía cifras millonarias y las televisiones le dedicaban en su programación un apartado especial con muchos minutos. A mucha gente les interesaba saber quien iba a ganar en la categoría de coches, de motos o de camiones. Y mientras tanto las casas comerciales que patrocinaban el evento frotándose las manos.
Sin embargo a nadie le interesaba saber cuanto niños habían resultado heridos o muertos por atropello, o cuanto ganado había perecido bajo las implacables ruedas de los vehículos, o incluso tampoco nadie se preopcupaba por los desperdicios que tan inhumana caravana iba dejando. Y la manera en que se degradaba un mediambiente todavía virgen con tan brutal asalto.
Es aquí donde el autor puso su granito de arena para luchar contra este abuso, creando una novela de denuncia en la que el protagonista, un guerrero tuareg, se enfrenta a toda la organización por un acto totalmente injusto del que es víctima. Además, y por si fuera poco, este guerrero tuareg es el hijo del protagonista de un libro anterior de Vázquez-Figueroa, "Tuareg", guerrero que atesora valores como el honor, la valentía, el respeto a las tradiciones y costumbres de sus mayores, la sabiduría, la paciencia, valores tan escasos y que tanto se echan de menos en nuestros tiempos.
En el libro se desvelan las tramas corruptas que protagonizan los organizadores del rallie y los enormes intereses económicos y políticos que éstos defienden. Y sobre todo queda patente el gran conocimiento del autor sobre el desierto, sus gentes y sus costumbres, lo que le da un valor añadido al libro y a la misión de denuncia que subyace.
De este libro había leído y oído muchos comentarios. Nuestro colaborador Pacolo, me lo recomendaba insistentemente, en algún otro blog leía críticas feroces cuestionando el conocimiento del autor sobre la realidad de la posguerra e incluso manifestaban su total desconocimiento de Madrid.
Con estos antecedentes, no podía menos que leer yo mismo el libro y opinar de primera mano. Y eso que el libro hay que encararlo con ganas, pues sus 627 páginas no dan opción a leerlo si gusta más o menos, pues un libro de ese tamaño o engancha o se eterniza.
El libro se ambienta en los años 40 en el Madrid de la posguerra. Sus protagonistas son tres ingleses que sólo tiene en común el haber estudiado en el mismo colegio elitista inglés. A partir de ese nexo común, cada uno sigue caminos completamente distintos. y marcados por ideas y apasionamientos totalmente opuestos. Pero la España franquista de posguerra los vuelve a reunir. Eso si, en circunstancias completamente antagónicas, uno como hombre de negocios, otro como espía del servicio secreto británico y el tercero como desaparecido en la batalla del Jarama.
A partir de esta trama, comparten una mujer, comparten negocios, comparten mentiras, fugas, encuentros, asesinatos,...
A pesar de ser un libro voluminoso y contar con muchas páginas como mencionaba al principio, a mi en ningún momento se me ha hecho pesado. Al contrario, a medida que pasan las páginas te vas familiarizando con los personajes, la acción se hace más trepidante y acaba enganchando. Tal vez no sea el mejor libro del mundo, pero resulta más que entretenido e interesante para pasar un buen rato.
Si tuviera que ponerle algún pero, sería que tal vez la imagen que ofrece de nuestra posguerra esté un poco distorsionada y pase por ella como de puntillas. Para ser un autor enormemente informado sobre la realidad española de esos años (a juzgar por la bibliografía consultada que comenta al final del libro) no creo que haya sabido sacarle todo el provecho esperado.
En definitiva, ni un clásico que pasará a la historia de la Literatura Universal, ni un bodrio infumable que no se pueda leer, sino justo, justo, en mitad de todo eso.
Para finalizar las entradas que últimamente he estado dedicando a la enseñanza, quiero finalizar con esta clarividente reflexión de José María García Linares, y que ha titulado Vacaciones Santillana. Cuanta verdad recogen estas palabras:
Es alentador comprobar, para un docente, el altísimo grado de implicación que la sociedad y el Estado españoles están demostrando en las últimas semanas en materia de educación. Qué orgullo al abrir los periódicos y encontrar todo el debate reducido a la lucha Religión/Educación para la Ciudanía, o lo que es lo mismo, como siempre en estas tierras, Partido Popular/Partido Socialista (o estás con nosotros o estás contra nosotros), o encontrarlo también centrado en el largo periodo vacacional de los profesores y los alumnos. Sí señor. Cuestiones de primer orden. Eso es lanzarse a la piscina, nunca mejor dicho, y empaparse hasta las cejas.
Qué rabia me daba de pequeño ir al colegio. No era yo como estos niños postmodernos de hoy en día que se aburren en sus casas y están locos por ver a sus amiguitos en el recreo. No. Yo, en caso de verlos, prefería hacerlo en el parque, en el Club o en la playa. Al aire libre, en grandes espacios, corriendo, saltando y sin muros ni verjas ni señores mayores que te contaban lo mismo que podías leer en esos libros, salvo contadas excepciones que lograban captar tu atención y llevarte de aquí para allá en un viaje fascinante. Cuando llegaba el mes de junio, ya tenía esa cosilla en mi estómago cada vez que veía el cielo azul o sentía esa luz melillense tostadita en el cogote al pasear por la Avenida. Olía a verano, a paz, a felicidad. En los escaparates, esos cuadernillos espantosos de Santillana para repasar y divertirse (por Dios) en julio y agosto. A mis hermanas y a mí no nos hacían falta, que ya estaban nuestro padres poniéndonos todos los días cuentas y copias, para que no se nos secara, a pesar de los chapuzones, la mollera.
El pasado día cinco de febrero el diario El País publicaba un artículo titulado Demasiadas vacaciones en donde se criticaba no sólo las de los profesores, sino también el poco número de días lectivos de los estudiantes. Algunos proponían ahí alargar el final del curso, otros adelantar su comienzo y, como telón de fondo, el problema que tienen los padres actualmente para conciliar su vida laboral con la familia, al parecer responsabilidad de los centros y no de sus empresas, esto es, qué diantres hago con la niña-molestia cuando le den las vacaciones. ¿A dónde la mando? Y leía estas argumentaciones mientras hacía la cola en el Ayuntamiento para recoger un certificado. De cuatro mostradores, sólo funcionaba uno. Hay que ver lo que tardan en servir los desayunos en las cafeterías.
Las vacaciones de nuestros jóvenes son distintas a la de los chicos y chicas de otros países, algo evidente porque aquí no se puede tener a treinta estudiantes metidos en un aula sin cortinas y sin aire acondicionado a finales de junio. El calor es insoportable. Comparar esta situación con la finlandesa o la sueca es poco provechoso. Pero es que a principios de septiembre la temperatura, al menos en el sur de España, es igual, agobiante. Los que piden adelantar el comienzo al día uno del mismo mes olvidan también que en esas fechas están los exámenes de recuperación y que las plantillas de profesionales están incompletas. Lo que escuece de todo este asunto es que el debate haya saltado nuevamente a los medios por motivos que nada tienen que ver con la enseñanza. Las familias quieren tener los centros más tiempo abierto para tener allí aparcaditos y cuidaditos a sus criaturas (que, curiosamente, son suyas. Algunos lo olvidan). Y digo aparcados porque da igual que aprendan más o menos (casi nadie trae la tarea hecha), que no haya ordenadores, que haya saturación, que las ratios sean elevadísimas, que falten recursos de todo tipo. Lo que importa, lamentablemente, es que estén allí vigilados porque así no estarán fuera, solos, de ahí la propuesta de varias CCAA de tener los colegios e institutos abiertos por las tardes, o casi de madrugada. La docencia tiene una función fundamental y valiosísima, si se deja ejercerla: la de enseñar. Todo lo que se salga de ese marco no es tarea de los docentes.
Tal y como se están poniendo las cosas, un alumno puede llegar a su colegio a las siete de la mañana, en régimen de acogida temprana, recibir sus seis horas de clase, comer a las dos y media y realizar las actividades extraescolares hasta las seis de la tarde, supuestamente controlados por personal distinto al de los profesores, nos dicen los expertos. Esto huele a podrido. Todos estos pedagogos, presidentes de no sé qué, coordinadores de no sé cuánto que, o están liberados o no han dado clase en su vida, ¿no tienen nada que decir sobre el hecho de tener a un chico encerrado diariamente casi doce horas en un centro? La solución a los problemas sociales no la tiene en exclusividad la escuela. ¿El Estado no va a hacer nada para que los empresarios flexibilicen los horarios y turnos de sus trabajadores, para que puedan disfrutar de sus hijos? Ya está bien de echar sobre la enseñanza todas las responsabilidades sociales. A este paso, en cinco años, estaremos presentes en los partos para registrar la llegada de un nuevo alumno y evitar el fracaso neonato y el absentismo en las incubadoras.
Ricardo Moreno Castillo vuelve al ataque para criticar, muy razonadamente y con un sentido común envidiable, el descabellado sistema educativo que puso en marcha la LOGSE y que tras los sucesivos cambios de gobierno, nuestros políticos no han hecho más que empeorar. El libro viene avalado por el prólogo de un grande de nuestars letras, Eduardo Mendoza, en el que destaca, precisamente, ese saber decir las cosas de manera compresible y con cierto sentido del humor del que hace gala Ricardo Moreno.
Destaca en este libro la crítica feroz que dedica a los pedagogos en genaral y a los pedagogos padre del sistema educativo en particular. Hace notar con mucho tino la frustación que manifiestan cuando libros como Panfleto Antipedagógico o es te mismo De la buena y la mala educación son éxito de ventas, mientras montones de libros sobre pedagogía se mueren de aburrimiento en las bibliotecas de nuestro centros educativos sin que nadie se digne tocarlos.
Pero esto debe hacer reflexionar sobre lo que realmente se dice en esos libros y sobre todo pensar en la utilidad de esos libros. No es eso lo que demandan los docentes. Necesitan soluciones a sus problemas reales en el aula y no paparruchadas pedagógicas de gente que no ha dado clase en su vida y se dedican a elucubrar desde un despacho aislado del mundo.
Como anécdota se menciona en el libro el caso del señor Marchesi, padre de la LOGSE, el cual tiene un hijo en Brasil en edad escolar y al que pregunta diariamente la lección que el sufrido chaval tiene que repetir de carrerilla. Este es el personaje que abogaba por erradicar el estudio memorístico, el que pregonaba que los aprendizajes tenían que construirlos los alumnos, el que decía que el profesor era un mero observador de los aprendizajes de los alumnos, el que permitió que alumnos con 8 suspensos promocionen de curso y que stos mismos alumnos hagan la vida imposible a aquellos alumnos que sí quieren estudiar y aprovechar el tiempo.
Otro capítulo interesante que podemos encontrar en el libro es el dedicado a la tan comentada "Educación para la ciudadanía". Y tan comentada tristemente por asuntos políticos, completamente ajenos a un debate docente serio. Soy de un partido y apoyo la asignatura, soy de otro y objeto a la asignatura, ese es todo el debate (y para acabar de rematar la situación, la Iglesia de por medio). En el capítulo al que me refiero, Ricardo da razones más que justificadas para no objetar a la asignatura.
Finalmente vale la pena destacar el último capítulo en le que se dedica a fomentar la lectura en nuestro centros eduactivos y fuera de ellos. Es fundamental leer para nuestros jóvenes y para los mayores. Y desde opinaRed no podemos estar más de acuerdo.
Nota.- Durante mucho tiempo, desde que apereció el comentario del anterior libro de Ricardo Moreno, entre los blogs recomendados ha figurado Panfleto Antipedagógico. En diciembre pasado lo dió por clausurado, por lo que en breve dejará de aparecer entre los enlaces de opinaRed.
Reproduzco aquí una carta aparecida en un diario de Sevilla el día 16 de febrero, escrita por Julia Rodríguez Pérez y que servirá como anticipo a la próxima entrada en la que comentaré el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo, De la buena y la mala educación, donde vuelve a poner patas arriba el sistema educativo español con ejemplos claros y razonados. De momento ahí va la carta:
Se equivoca quien piensa que la calidad de la enseñanza es directamente proporcional al número de días y de horas que los alumnos pasan en la escuela, y que la mejora del aprendizaje se puede conseguir pagando incentivos.
Se equivoca quien confunde educación con servicios asistenciales, colegio con guardería; quien no se plantea que una sociedad tiene un grave problema si considera que sus niños y jóvenes deben estar institucionalizados la mayor parte de su tiempo.
Se equivoca quien afirma que las condiciones laborales de los docentes son envidiables. Animo a todos los que lo creen a que intenten aprobar nuestras oposiciones, y si lo consiguen -o no- anden durante años dando vueltas a cientos de kilómetros de sus casas y familias, pagando de su propio sueldo alquileres y gasolina, soportando la tensión del trabajo directo con alumnos y padres al que se añade un sinfín de tareas burocráticas, llevándose el trabajo a casa, careciendo de derechos elementales que tienen otros trabajadores como los días de asuntos propios, etcétera. Quien no sabe que cada hora de atención directa al alumnado tiene necesariamente detrás otras muchas horas de trabajo y formación; quien parece considerar que todo el mundo tiene derecho a conciliar su vida familiar y laboral menos, por lo que se ve, los trabajadores de la enseñanza.
Se equivoca quien cree que los problemas de la educación se van a solucionar adoptando medidas populistas con el docente en el punto de mira (por cierto, ¿ésta era la campaña de dignificación de la profesión que se nos prometió?).
Se equivoca... o no. No se equivoca si su verdadero objetivo es convertir los centros educativos en un aparcadero de niños sin futuro y profesionales desmoralizados y vapuleados por la propia Administración que los contrata; en una institución desestructurada y sin medios donde esperar que suceda el milagro.
En tiempos en que la educación es clave estratégicamente a nivel mundial (véanse, por ejemplo, los discursos de Barack Obama), nuestros gobernantes parece que se han propuesto por todos los medios dinamitar los cimientos de nuestro sistema educativo.
Este libro escrito por la divulgadora científica Dava Sobel no se limita a una simple enumeración de características y datos sobre los nueve (me resisto a no incluir a Plutón, es sólo un tema semántico ajeno a la Astronomía) planetas de nuestro Sistema Solar. Por el contrario, combina ciencia, historia y curiosidades varias, destacando los hechos más relevantes acontecidos en el descubrimiento y exploración de diversos cuerpos de nuestro Sistema Solar.
El libro se divide en doce capítulos, donde se incluye una visión general de nuestro Sistema Solar, uno dedicado al Sol, otro a la Luna y otro a las sondas Cassini y Huygens en su exploración de Saturno, sus lunas y sus anillos. Cada capítulo está estructurado y redactado de una forma completamente diferente, sin seguir ningún plan inicial. Especialmente me ha gustado el dedicado a Urano, donde la hermana de Sir William Herschel, Caroline Lucretia Herschel, escribe una carta de felicitación a otra gran astrónoma norteamericana, Maria Mitchell, por su reciente descubrimiento del cometa Mitchell. En ella le narra todos sus esfuerzos y desvelos de toda una vida que condujeron al descubrimiento de Urano. Es muy curioso comprobar como la vida de Sir William Herschel duró exactamente los mismos años que Urano tarda en completar una vuelta al Sol, 83 años.
Otras curiosidades que se pueden descubrir en el libro es la relación ancestral entre Venus y la mujer. Visto desde la Tierra, y debido al movimiento de ésta, su periodo de traslación alrededor del Sol dura 260 días, justo el periodo de gestación de una mujer (entre 255 y 265 días).
Igualmente apasionante fue el descubrimiento de Neptuno, realizado por Adams y Laverre en sus despachos, combinando infinidad de cálculos y ni una sola observación al cielo. Curiosamente la confirmación visula la realizó Galle, que para más sorna no era astrónomo.
En resumen, un libro muy recomendable para los curiosos de la astronomía en el que el único conocimiento indispensable para disfrutar plenamente del libro es saber leer.
Hace unos días escribía una entrada en la que defendía el toque romántico que apreciamos los amantes de los libros al tocarlos y sentir el tacto del papel. Como contraposición hablaba de los libros electrónicos y de su utilidad en determinados casos y para determinadas causas, pero no tal vez para todas las lecturas.
Pues cual ha sido mi sorpresa al leer hoy un artículo según el cual un estudio realizado por Thierry Morineau y Caroline Blanche y publicado en el International Journal of Human-Computer Studies, afirma que el acto de leer es hipersensorial, es decir, va más allá de la vista; y separar la lectura de su soporte físico de papel lleva a una disminución de la concentración y la profunda comprensión del texto.
De esta forma, puede ser que los libros electrónicos sean útiles para leer el periódico, consultar libros como diccionarios o enciclopedias, o leer libros que no requieran una gran concentración para su comprensión (el ejemplo que se pone en el artículo del diario Público es "El Código Da Vinci" de Dan Brown, que se puede leer de carrerilla sin pensar mucho en su contenido, no así libros como el Quijote).
Como resumen interesante del artículo, decir que los libros no morirán tal y como los conocemos hoy, en papel, aunque siempre es conveniente recordar que el papel es un bien que debemos utilizar con cabeza sin derrocharlo y, por supuesto, siempre reciclarlo. ¡Larga vida a nuestros libros!
El artículo completo publicado en el diario Público puede consultarse en este enlace:
Comparto con Ian McEwan un largo idilio iniciado con su novela Expiación, de lo mejor que he leído en los últimos años. Mi siguiente lectura fue Sábado, novela ésta que ya no estuvo a la altura de Expiación. Aún así recuerdo pasajes concretos de la historia, lo cual me hace pensar que dejó huella en mi memoria.
Ahora he acabado su nueva novela Chesil Beach. No sé si la palabra acertada sea decepción, pues tampoco esperaba una grandiosa novela como la que, estoy seguro, es capaz de escribir Ian Mcewan. No se le puede negar el mérito de hacer una novela de un hecho aparentemente tan insignificante como la noche de bodas de una pareja de jóvenes recién casados en una sociedad todavía en exceso mojigata. Ya hizo algo parecido con Sábado. Pero en esta ocasión su lenguaje se vuelve demasiado florido en muchas ocasiones. He tenido la impresión de que forzaba la narración con el único objetivo de llenar páginas.
La historia es muy predecible. El único interés es ver como el autor expresará lo que va a ocurrir a continuación. Lo que va a ocurrir se sabe prácticamente desde la primera página. Introduce datos de la vida de los protagonistas que no sé si son necesarios, y a esto me refiero al decir que fuerza la narración.
El desenlace es el esperado, y puede que el rescoldo del amor a través de toda una vida sea la única nota original o, al menos, conmovedora de esta historia. En cualquier caso, para una crítica más positiva y mucho más autorizada que la mía, remito a la que publicó Eduardo Mendoza en Babelia y que está disponible en Babelia: Chasil Beach.
En cualquier caso confío en que McEwan nos sorprenda con una próxima novela, que yo, desde luego, leeré. Mientras tanto queda pendiente la lectura de Amsterdam, que aunque no fue propuesta en las doce lecturas del 2009, la incluyo ahora que aún está el año recién empezado.
Una última curiosidad, la playa de Chesil (Chesil Beach) existe realmente en el sur de Inglaterra y está formada, como la mayoría de las playas de Gran Bretaña, por cantos rodados. En esta playa, el diámetro de los cantos varía a lo largo de la playa debido al arrastre con mayor o menor fuerza de las mareas.
Las fotos que acompañan a esta entrada corresponden a dicha playa.