sábado, 18 de enero de 2014

EL PRINCIPITO, LOS DIBUJOS QUE NUNCA HABÍAS VISTO

Desde su primera publicación inicial en 1943, "El principito", la obra más conocida de Antoine de Saint-Exupéry, se ha convertido en uno de esos libro de "niños de todas las edades". El tipo de libro que los padres quieren leer a sus hijos, y que probablemente evoca recuerdos de sus propios padres haciendo lo mismo. Aunque os he de decir que, personalmente, nunca pensé que este libro fuera una obra para niños. Sí, quizá tenga diferentes lecturas dependiendo de la edad del lector, pero siempre se me ha antojado como una alegoría escrita para lectores adultos.
Pues bien, según cuenta la historia, durante su visita a Nueva York, Saint-Exupéry se presentó en casa de una amiga antes de su entrada en combate en la Segunda Guerra Mundial. "Me gustaría darte al espléndido", aunque lo que luego le entregó fue una bolsa de papel arrugada que puso sobre su mesa. Saint-Exupéry no volvería nunca de su participación en la guerra.
Resulta que esta bolsa contenía el manuscrito y los primeros dibujos de esta maravillosa obra, material que la Morgan Library de Nueva York adquirió en 1968 y que exhibirá del 24 de enero hasta el 27 de abril. Si pasáis entre esas fechas por la Gran Manzana, no os lo podéis perder. Para el resto, en la galería que os mostramos a continuación tenéis algunos de esos dibujos.






domingo, 12 de enero de 2014

Para acabar con la Enseñanza

Empieza el año y volvemos a las aulas con la espada de Damocles sobre nuestras cabezas de la famosa LOMCE. Casi nadie está de acuerdo, todos los estamentos implicados la critican, así que esta entrada cobra una especial vigencia, aunque fue escrita hace ya algún tiempo. Pero es que la esencia del problema es exactamente la misma. Compruébalo por ti mismo:

Para finalizar las entradas que últimamente he estado dedicando a la enseñanza, quiero finalizar con esta clarividente reflexión de José María.

Es alentador comprobar, para un docente, el altísimo grado de implicación que la sociedad y el Estado español están demostrando en las últimas semanas en materia de educación. Qué orgullo al abrir los periódicos y encontrar todo el debate reducido a la lucha Religión/Educación para la Ciudanía, o lo que es lo mismo, como siempre en estas tierras, Partido Popular/Partido Socialista (o estás con nosotros o estás contra nosotros), o encontrarlo también centrado en el largo periodo vacacional de los profesores y los alumnos. Sí señor. Cuestiones de primer orden. Eso es lanzarse a la piscina, nunca mejor dicho, y empaparse hasta las cejas.

Qué rabia me daba de pequeño ir al colegio. No era yo como estos niños postmodernos de hoy en día que se aburren en sus casas y están locos por ver a sus amiguitos en el recreo. No. Yo, en caso de verlos, prefería hacerlo en el parque, en el Club o en la playa. Al aire libre, en grandes espacios, corriendo, saltando y sin muros ni verjas ni señores mayores que te contaban lo mismo que podías leer en esos libros, salvo contadas excepciones que lograban captar tu atención y llevarte de aquí para allá en un viaje fascinante. Cuando llegaba el mes de junio, ya tenía esa cosilla en mi estómago cada vez que veía el cielo azul o sentía esa luz melillense tostadita en el cogote al pasear por la Avenida. Olía a verano, a paz, a felicidad. En los escaparates, esos cuadernillos espantosos de Santillana para repasar y divertirse (por Dios) en julio y agosto. A mis hermanas y a mí no nos hacían falta, que ya estaban nuestro padres poniéndonos todos los días cuentas y copias, para que no se nos secara, a pesar de los chapuzones, la mollera.




El pasado día cinco de febrero el diario El País publicaba un artículo titulado Demasiadas vacaciones en donde se criticaba no sólo las de los profesores, sino también el poco número de días lectivos de los estudiantes. Algunos proponían ahí alargar el final del curso, otros adelantar su comienzo y, como telón de fondo, el problema que tienen los padres actualmente para conciliar su vida laboral con la familia, al parecer responsabilidad de los centros y no de sus empresas, esto es, qué diantres hago con la niña-molestia cuando le den las vacaciones. ¿A dónde la mando? Y leía estas argumentaciones mientras hacía la cola en el Ayuntamiento para recoger un certificado. De cuatro mostradores, sólo funcionaba uno. Hay que ver lo que tardan en servir los desayunos en las cafeterías.

Las vacaciones de nuestros jóvenes son distintas a la de los chicos y chicas de otros países, algo evidente porque aquí no se puede tener a treinta estudiantes metidos en un aula sin cortinas y sin aire acondicionado a finales de junio. El calor es insoportable. Comparar esta situación con la finlandesa o la sueca es poco provechoso. Pero es que a principios de septiembre la temperatura, al menos en el sur de España, es igual, agobiante. Los que piden adelantar el comienzo al día uno del mismo mes olvidan también que en esas fechas están los exámenes de recuperación y que las plantillas de profesionales están incompletas. Lo que escuece de todo este asunto es que el debate haya saltado nuevamente a los medios por motivos que nada tienen que ver con la enseñanza. Las familias quieren tener los centros más tiempo abierto para tener allí aparcaditos y cuidaditos a sus criaturas (que, curiosamente, son suyas. Algunos lo olvidan). Y digo aparcados porque da igual que aprendan más o menos (casi nadie trae la tarea hecha), que no haya ordenadores, que haya saturación, que las ratios sean elevadísimas, que falten recursos de todo tipo. Lo que importa, lamentablemente, es que estén allí vigilados porque así no estarán fuera, solos, de ahí la propuesta de varias CCAA de tener los colegios e institutos abiertos por las tardes, o casi de madrugada. La docencia tiene una función fundamental y valiosísima, si se deja ejercerla: la de enseñar. Todo lo que se salga de ese marco no es tarea de los docentes.

Tal y como se están poniendo las cosas, un alumno puede llegar a su colegio a las siete de la mañana, en régimen de acogida temprana, recibir sus seis horas de clase, comer a las dos y media y realizar las actividades extraescolares hasta las seis de la tarde, supuestamente controlados por personal distinto al de los profesores, nos dicen los expertos. Esto huele a podrido. Todos estos pedagogos, presidentes de no sé qué, coordinadores de no sé cuánto que, o están liberados o no han dado clase en su vida, ¿no tienen nada que decir sobre el hecho de tener a un chico encerrado diariamente casi doce horas en un centro? La solución a los problemas sociales no la tiene en exclusividad la escuela. ¿El Estado no va a hacer nada para que los empresarios flexibilicen los horarios y turnos de sus trabajadores, para que puedan disfrutar de sus hijos? Ya está bien de echar sobre la enseñanza todas las responsabilidades sociales. A este paso, en cinco años, estaremos presentes en los partos para registrar la llegada de un nuevo alumno y evitar el fracaso neonato y el absentismo en las incubadoras.