Daniel Pennac demuestra una vez más ser un verdadero todoterreno (que no todocamino, como está tan de moda ahora si hablamos de motor). En este libro echa mano de toda su experiencia como profesor de secundaria y especialmente de su experiencia como zoquete, que él mismo reconoce. También echa mano de su saber hacer como escritor, utilizando una prosa clara y entretenida.
Pero en este Mal de escuela le da una dimensión humana al zoquete, lo entiende, lo justifica y, sobre todo, da pautas de como tratarlo para conseguir llevarlo por la senda del estudio y los buenos modales. Esta es la parte del libro que más interesante me ha parecido, pues nos hace reflexionar sobre el por qué un chico o chica llega a comportarse mal en clase y a desligarse completamente de los estudios y se convierte en un insumiso del sistema educativo. Para nadie es agradable fracasar en algo y menos aún en algo tan imprescindible y obligado como es la escuela. Por tanto hay que saber leer la mente del zoquete y averiguar cuál es la causa de su fracaso.
Esto convierte al profesor en casi un superhombre, donde parece ser que su formación científica ya no es tan importante como su formación pedagógica (que en muchos casos es nula). Aunque yo estoy convencido de que el profesor nace y no se hace, pues saber tratar a los alumnos no se puede aprender con ningún tipo de estudios.
Este libro resulta interesante tanto para docentes como para padres, pues nos hace reflexionar sobre el fracaso escolar, sobre todo sobre sus protagonistas, los alumnos zoquetes. Y muchas veces las causas de sus errores están en casa, por lo que también los padres deben reflexionar seriamente sobre la enseñanza de sus hijos.
En definitiva, un libro interesante como no podía ser de otra manera viniendo de Daniel Pennac, que trasciende el ámbito literario y nos invita a la reflexión seria y constructiva sin dejar de lado la amenidad y alguna que otra sonrisa. Muy recomendable.
Para finalizar las entradas que últimamente he estado dedicando a la enseñanza, quiero finalizar con esta clarividente reflexión de José María García Linares, y que ha titulado Vacaciones Santillana. Cuanta verdad recogen estas palabras:
Es alentador comprobar, para un docente, el altísimo grado de implicación que la sociedad y el Estado españoles están demostrando en las últimas semanas en materia de educación. Qué orgullo al abrir los periódicos y encontrar todo el debate reducido a la lucha Religión/Educación para la Ciudanía, o lo que es lo mismo, como siempre en estas tierras, Partido Popular/Partido Socialista (o estás con nosotros o estás contra nosotros), o encontrarlo también centrado en el largo periodo vacacional de los profesores y los alumnos. Sí señor. Cuestiones de primer orden. Eso es lanzarse a la piscina, nunca mejor dicho, y empaparse hasta las cejas.
Qué rabia me daba de pequeño ir al colegio. No era yo como estos niños postmodernos de hoy en día que se aburren en sus casas y están locos por ver a sus amiguitos en el recreo. No. Yo, en caso de verlos, prefería hacerlo en el parque, en el Club o en la playa. Al aire libre, en grandes espacios, corriendo, saltando y sin muros ni verjas ni señores mayores que te contaban lo mismo que podías leer en esos libros, salvo contadas excepciones que lograban captar tu atención y llevarte de aquí para allá en un viaje fascinante. Cuando llegaba el mes de junio, ya tenía esa cosilla en mi estómago cada vez que veía el cielo azul o sentía esa luz melillense tostadita en el cogote al pasear por la Avenida. Olía a verano, a paz, a felicidad. En los escaparates, esos cuadernillos espantosos de Santillana para repasar y divertirse (por Dios) en julio y agosto. A mis hermanas y a mí no nos hacían falta, que ya estaban nuestro padres poniéndonos todos los días cuentas y copias, para que no se nos secara, a pesar de los chapuzones, la mollera.
El pasado día cinco de febrero el diario El País publicaba un artículo titulado Demasiadas vacaciones en donde se criticaba no sólo las de los profesores, sino también el poco número de días lectivos de los estudiantes. Algunos proponían ahí alargar el final del curso, otros adelantar su comienzo y, como telón de fondo, el problema que tienen los padres actualmente para conciliar su vida laboral con la familia, al parecer responsabilidad de los centros y no de sus empresas, esto es, qué diantres hago con la niña-molestia cuando le den las vacaciones. ¿A dónde la mando? Y leía estas argumentaciones mientras hacía la cola en el Ayuntamiento para recoger un certificado. De cuatro mostradores, sólo funcionaba uno. Hay que ver lo que tardan en servir los desayunos en las cafeterías.
Las vacaciones de nuestros jóvenes son distintas a la de los chicos y chicas de otros países, algo evidente porque aquí no se puede tener a treinta estudiantes metidos en un aula sin cortinas y sin aire acondicionado a finales de junio. El calor es insoportable. Comparar esta situación con la finlandesa o la sueca es poco provechoso. Pero es que a principios de septiembre la temperatura, al menos en el sur de España, es igual, agobiante. Los que piden adelantar el comienzo al día uno del mismo mes olvidan también que en esas fechas están los exámenes de recuperación y que las plantillas de profesionales están incompletas. Lo que escuece de todo este asunto es que el debate haya saltado nuevamente a los medios por motivos que nada tienen que ver con la enseñanza. Las familias quieren tener los centros más tiempo abierto para tener allí aparcaditos y cuidaditos a sus criaturas (que, curiosamente, son suyas. Algunos lo olvidan). Y digo aparcados porque da igual que aprendan más o menos (casi nadie trae la tarea hecha), que no haya ordenadores, que haya saturación, que las ratios sean elevadísimas, que falten recursos de todo tipo. Lo que importa, lamentablemente, es que estén allí vigilados porque así no estarán fuera, solos, de ahí la propuesta de varias CCAA de tener los colegios e institutos abiertos por las tardes, o casi de madrugada. La docencia tiene una función fundamental y valiosísima, si se deja ejercerla: la de enseñar. Todo lo que se salga de ese marco no es tarea de los docentes.
Tal y como se están poniendo las cosas, un alumno puede llegar a su colegio a las siete de la mañana, en régimen de acogida temprana, recibir sus seis horas de clase, comer a las dos y media y realizar las actividades extraescolares hasta las seis de la tarde, supuestamente controlados por personal distinto al de los profesores, nos dicen los expertos. Esto huele a podrido. Todos estos pedagogos, presidentes de no sé qué, coordinadores de no sé cuánto que, o están liberados o no han dado clase en su vida, ¿no tienen nada que decir sobre el hecho de tener a un chico encerrado diariamente casi doce horas en un centro? La solución a los problemas sociales no la tiene en exclusividad la escuela. ¿El Estado no va a hacer nada para que los empresarios flexibilicen los horarios y turnos de sus trabajadores, para que puedan disfrutar de sus hijos? Ya está bien de echar sobre la enseñanza todas las responsabilidades sociales. A este paso, en cinco años, estaremos presentes en los partos para registrar la llegada de un nuevo alumno y evitar el fracaso neonato y el absentismo en las incubadoras.
Ricardo Moreno Castillo vuelve al ataque para criticar, muy razonadamente y con un sentido común envidiable, el descabellado sistema educativo que puso en marcha la LOGSE y que tras los sucesivos cambios de gobierno, nuestros políticos no han hecho más que empeorar. El libro viene avalado por el prólogo de un grande de nuestars letras, Eduardo Mendoza, en el que destaca, precisamente, ese saber decir las cosas de manera compresible y con cierto sentido del humor del que hace gala Ricardo Moreno.
Destaca en este libro la crítica feroz que dedica a los pedagogos en genaral y a los pedagogos padre del sistema educativo en particular. Hace notar con mucho tino la frustación que manifiestan cuando libros como Panfleto Antipedagógico o es te mismo De la buena y la mala educación son éxito de ventas, mientras montones de libros sobre pedagogía se mueren de aburrimiento en las bibliotecas de nuestro centros educativos sin que nadie se digne tocarlos.
Pero esto debe hacer reflexionar sobre lo que realmente se dice en esos libros y sobre todo pensar en la utilidad de esos libros. No es eso lo que demandan los docentes. Necesitan soluciones a sus problemas reales en el aula y no paparruchadas pedagógicas de gente que no ha dado clase en su vida y se dedican a elucubrar desde un despacho aislado del mundo.
Como anécdota se menciona en el libro el caso del señor Marchesi, padre de la LOGSE, el cual tiene un hijo en Brasil en edad escolar y al que pregunta diariamente la lección que el sufrido chaval tiene que repetir de carrerilla. Este es el personaje que abogaba por erradicar el estudio memorístico, el que pregonaba que los aprendizajes tenían que construirlos los alumnos, el que decía que el profesor era un mero observador de los aprendizajes de los alumnos, el que permitió que alumnos con 8 suspensos promocionen de curso y que stos mismos alumnos hagan la vida imposible a aquellos alumnos que sí quieren estudiar y aprovechar el tiempo.
Otro capítulo interesante que podemos encontrar en el libro es el dedicado a la tan comentada "Educación para la ciudadanía". Y tan comentada tristemente por asuntos políticos, completamente ajenos a un debate docente serio. Soy de un partido y apoyo la asignatura, soy de otro y objeto a la asignatura, ese es todo el debate (y para acabar de rematar la situación, la Iglesia de por medio). En el capítulo al que me refiero, Ricardo da razones más que justificadas para no objetar a la asignatura.
Finalmente vale la pena destacar el último capítulo en le que se dedica a fomentar la lectura en nuestro centros eduactivos y fuera de ellos. Es fundamental leer para nuestros jóvenes y para los mayores. Y desde opinaRed no podemos estar más de acuerdo.
Nota.- Durante mucho tiempo, desde que apereció el comentario del anterior libro de Ricardo Moreno, entre los blogs recomendados ha figurado Panfleto Antipedagógico. En diciembre pasado lo dió por clausurado, por lo que en breve dejará de aparecer entre los enlaces de opinaRed.
Reproduzco aquí una carta aparecida en un diario de Sevilla el día 16 de febrero, escrita por Julia Rodríguez Pérez y que servirá como anticipo a la próxima entrada en la que comentaré el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo, De la buena y la mala educación, donde vuelve a poner patas arriba el sistema educativo español con ejemplos claros y razonados. De momento ahí va la carta:
Se equivoca quien piensa que la calidad de la enseñanza es directamente proporcional al número de días y de horas que los alumnos pasan en la escuela, y que la mejora del aprendizaje se puede conseguir pagando incentivos.
Se equivoca quien confunde educación con servicios asistenciales, colegio con guardería; quien no se plantea que una sociedad tiene un grave problema si considera que sus niños y jóvenes deben estar institucionalizados la mayor parte de su tiempo.
Se equivoca quien afirma que las condiciones laborales de los docentes son envidiables. Animo a todos los que lo creen a que intenten aprobar nuestras oposiciones, y si lo consiguen -o no- anden durante años dando vueltas a cientos de kilómetros de sus casas y familias, pagando de su propio sueldo alquileres y gasolina, soportando la tensión del trabajo directo con alumnos y padres al que se añade un sinfín de tareas burocráticas, llevándose el trabajo a casa, careciendo de derechos elementales que tienen otros trabajadores como los días de asuntos propios, etcétera. Quien no sabe que cada hora de atención directa al alumnado tiene necesariamente detrás otras muchas horas de trabajo y formación; quien parece considerar que todo el mundo tiene derecho a conciliar su vida familiar y laboral menos, por lo que se ve, los trabajadores de la enseñanza.
Se equivoca quien cree que los problemas de la educación se van a solucionar adoptando medidas populistas con el docente en el punto de mira (por cierto, ¿ésta era la campaña de dignificación de la profesión que se nos prometió?).
Se equivoca... o no. No se equivoca si su verdadero objetivo es convertir los centros educativos en un aparcadero de niños sin futuro y profesionales desmoralizados y vapuleados por la propia Administración que los contrata; en una institución desestructurada y sin medios donde esperar que suceda el milagro.
En tiempos en que la educación es clave estratégicamente a nivel mundial (véanse, por ejemplo, los discursos de Barack Obama), nuestros gobernantes parece que se han propuesto por todos los medios dinamitar los cimientos de nuestro sistema educativo.